El móvil siempre al lado del cuchillo del pescado

Un amigo de mis padres solía decir, que a los psicólogos se nos podía reconocer porque si entraba alguien desnudo en una estancia, el psicólogo sería el que mirase al resto de la gente y no a la persona desnuda. Como nunca me he visto en tal situación no sé cuanto de cierto hay en esta afirmación. Lo que si suelo hacer cuando estoy en algún sitio y mis acompañantes están enfrascados en el móvil o en conversaciones que me son totalmente ajenas, es observar con atención las interacciones que se dan entre otros grupos o parejas y de un tiempo a esta parte hay un patrón que se repite: el móvil.

Parece que quedamos con nuestros amigos y sus móviles, como un todo. Si vamos a cenar colocamos el móvil estratégicamente al lado de los cubiertos, para tenerlo bien a mano, no vaya a ser que nos perdamos la última actualización de ese grupo del whatsapp tan divertido. A este paso lo incluirán en los cursillos del protocolo. ¿Es necesaria esta hiperconexión? sólo entiendo la necesidad de invitar al móvil a compartir mesa y mantel si eres un profesional que esté de guardia o si debes estar pendiente de una llamada importante.

Se están perdiendo momentos entrañables, la tradicional necesidad de saber que van a pedir tus acompañantes antes de decidirte está dejando paso al “pídeme esto que voy a hacer una foto”, las discusiones sobre que vino pedir se acaban cuando alguien decide “preguntarle a google” o entrar en una app que te indica la mejor añada. Se acabó el pedir consejo al camarero porque ya hay una aplicación con comentarios sobre los mejores platos… En fín. Cada vez más se ve a gente enfrascada en sus mundos virtuales dejando de lado a las personas que tienen delante y con las que hace no mucho tiempo querían quedar y ver. Parejas que ni se miran, familias que entretienen a sus retoños con diferentes dispositivos…

Me gusta mucho ese cartel que cada vez aparece más en los bares de “no tenemos wifi, hablen entre ustedes”, parece que es algo que estamos perdiendo, cada vez hay menos conversaciones que no sean interrumpidas por  el sonido de las notificaciones y el “perdona un momentito” seguido de un rápido tecleo con un sólo dedo. Si voy a cenar con alguien se supone que nos tenemos aprecio, que hemos buscado un tiempo para poder coincidir, nos hemos puesto de acuerdo en el lugar que nos gustaría cenar y, llamadme egoísta pero me gusta que ese tiempo sea nuestro sin “tiriri tiriri” constantes ni hastags infinitos de #veladainolvidable o #poniendonoscomolamoñoños mientras nuestra conversación parece un telegrama o simplemente se pierde.

Creo que no hay mejor manera de terminar que con las palabras de Elvira Lindo en un artículo que se escribió en 2011 pero que está más de actualidad que nunca.

“Quiero decir con esto que no soy uno de esos espíritus rancios que discuten las ventajas que para muchos ciudadan@s ha supuesto la irrupción de la nueva telefonía. Solamente quisiera expresar el desconcierto que me produce el que personas que tanto me adoran y desean compartir una hora y media de mesa y mantel conmigo no sean capaces de olvidarse del puto móvil durante un tiempo ridículo de sus hiperconectadas vidas. Que lo comprendo todo, sí, ¡que yo también tengo iPhone!, pero que lo dejo metido en el bolso. Joé.”

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Los niños son niños.

A veces me da la sensación de que hay padres y madres que quieren que sus hijos pequeños se comporten como niños mayores. De vez en cuando me sorprendo a mi misma respondiendo a estas quejas (se mueve mucho, no come, no me escucha) con un lacónico “es normal, son niños”. Los niños sanos y normales se mueven, cambian de actividad con frecuencia, no les importa mancharse, ni andar por el suelo y además no necesitan tener un fondo de armario de esos de revista.

El otro día mientras miraba el facebook me sorprendí con la noticia de que Kim Kardashian (no sé si está bien escrito) le ha puesto a su niña de 2 años un entrenador personal, ¿estamos locos? ¿necesita esta pequeña un entrenador personal o un asesor de moda para ir siempre conjuntada con su estupenda mamá? Pero no es la única que intenta que su pequeña se haga adulta rápido. Aunque un poco más alejadas en el tiempo tengo en mis retinas grabadas las fotos de Suri Cruise con 3 años subida a unos tacones. Y ojo, que yo creo que casi todas hemos probado a ponernos unos tacones que encontráramos por casa y maquillarnos, con resultados muy parecidos a los que obtendríamos con la escopeta de maquillaje de Homer Simpson, pero Suri lleva unos tacones de su talla (y no, no es carnaval). Lo que me parece más grave son esos padres y madres que además de querer que sus hijos o hijas crezcan más deprisa de lo que marca la naturaleza, se lucran con ello, y para muestra, el artículo de Iker Morán.

La exposición de niños/as en redes sociales es un tema que genera controversia desde hace tiempo ¿qué hacen con nuestras fotos? ¿que asumimos cuando aceptamos (muchas veces sin ni siquiera leer) las condiciones de privacidad? Bien, supongo que cada cual tiene su opinión al respecto, habrá padres que no querrán fotos de sus pequeños por temor a que puedan escaparse de su control y habrá otros que teniendo unas precauciones mínimas no les importará compartir determinados momentos de su prole con sus amigos o familiares, para gustos colores, ahí no me meto, pero por favor, dejemos que los niños sean niños, ya habrá tiempo para maquillajes, poses adultas y demás historias.

Las notas

Hasta donde yo sé y por lo que yo recuerdo, el tema de las calificaciones escolares va más o menos así. Si las notas son buenas, la alegría reina en nuestros hogares, “nuestro hijo” ha obtenido tuvo buenos resultados académicos y por tanto, nos vemos como padres y madres responsables con la educación de nuestros retoños. Si las notas son malas lo primero que hacemos es leer y releer boletín, a ver si alguno de esos suspensos desaparece como por arte de magia; gritamos incrédulos el nombre de aquellas materias que consideramos increíble que se puedan suspender y de repente “nuestro hijo” se convierte en “tu hijo” y frases del estilo: esto ya lo sabía yo, tu hijo es un vago, mira que notas trae o el consabido qué voy a hacer contigo? acaban con la tranquilidad de nuestro hogar; el sentimiento de culpa hace acto de presencia, ¿que he hecho mal? nos preguntamos con amargura.
¿Que podemos hacer si tenemos delante de nosotros un boletín lleno de suspensos? Lo primero es calmarse, mi consejo siempre en estos casos es dejar la charla sobre las notas para el día siguiente. Puesto que la cosa no va a cambiar, lo mejor es esperar un tiempo y evitar decir cosas de las que nos podamos arrepentir.

Lo segundo es hablar. Cuando un niño no come, no duerme o no anda lo llevamos al especialista para intentar ponerle solución, no obstante, cuando un niño no estudia o no aprueba nos enfadamos; olvidamos que suspender es una señal que indica que algo no va bien, puede ser una dificultad en un área determinada, un problema de autoestima, una baja motivación… Esto solo lo sabremos preguntándole el suspendedor ¿”que pasa?”. Debemos tener en cuenta que una muerte, una enfermedad o una separación pueden afectar al rendimiento del niño. Si no es el caso, y no hay una dificultad en el proceso de aprendizaje, lo más probable es que los suspensos vengan porque se estudió poco, o muy poco.
El tercero y más importante es hacer que el niño sea consciente de que el suspenso es el resultado de no estudiar, de no ser responsable con sus tareas. Estudiar hasta los 16 años es una obligación y una responsabilidad de los menores, y este punto no es negociable.
También es importante tener en cuenta la actitud del suspendedor y que nos va a indicar cuanta “culpa” considera que tiene en sus resultados académicos. Así tanto puede quejarse de que le tienen manía, todo un clásico junto con el “suspendió casi toda la clase”; hasta lamentarse con gran tristeza de que no vale para nada, acuchillando su autoestima y preocupando a sus padres, que pensarán que además de suspender hay algún problema de fondo.
Hacer un horario de estudio para el verano o apuntarlo a unas clases de apoyo en aquellas materias en las que tenga más dificultad puede ser una buena opción; pero sobre todo debemos tener claro que el suspenso es el inseparable compañero de viaje del aprendizaje, que suspender no es lo mismo que fracasar.

Cubos, latas y otras campañas

Lo admito, no soy muy de campañas. No me convenció el cubo de agua helada para luchar contra la esclerosis lateral amiotrófica, ni poner determinados iconos en el whatsapp por diferentes causas, ni comprar compresas marca X para luchar contra el cáncer de mama… Creo que si una causa te interesa y quieres apoyarla hay otras maneras. Reconozco eso sí, que pueden servir para dar visibilidad al problema pero ¿cuántos de los que se han echado el agua por encima han hecho algo más por los enfermos de ELA que mojarse?

Todo esto viene porque mientras desayunaba me he encontrado con la noticia de que hay una nueva campaña (que por lo que parece es falsa) en la que animan a las mujeres a sujetar una lata de refresco entre sus senos para llamar la atención sobre el cáncer de mama. La creadora de esta campaña dice:  “Las cosas son así: no todas las mujeres se examinan periódicamente, muchas piensan que eso no les va a pasar a ellas porque son o muy viejas o muy jóvenes»,  «si con esto logramos que una sola de ellas vaya al médico, aunque sea por una campaña viral absurda, habrá merecido la pena».

Leo esto y me pregunto ¿de verdad alguna mujer va a ir a hacerse una mamografía por el hecho de que las redes sociales se llenen de chicas, señoras y/o mujeres con latas de refresco entre los pechos?

Vivimos un momento en el que el cáncer está o ha estado presente en muchas de nuestras familias, incluso algunos de nuestros seres más queridos han perdido la batalla, y esta campaña, verdadera o falsa me parece además de superficial muy poco respetuosa. Creo que una concienciación real sobre el cáncer de mama debe ir más allá de este tipo de iniciativas.

http://www.abc.es/estilo/gente/20150605/abci-kate-upton-falsa-campana-201506042003.html

Felicidad y Redes Sociales

Domingo por la tarde, con la televisión de fondo coges el portátil y echas un ojo a las redes sociales. Con suerte ya estarán colgadas las fotos de la fiesta de ayer. Sí, ahí están. Entre la multitud de instantáneas sólo te encuentras en tres o cuatro, y eso que hay fotos absolutamente del todo, de tus colegas sonriendo como se estuvieran en un anuncio de pasta de dientes, de los cócteles que se preparaban, de la estilosa decoración, y como no, autofotos o selfies como ahora se llaman… viendo las fotos parece que fue un fiestón y que la cosa se animó cuando decidiste irte para la casa.

Sigues echando un ojo a los muros de tus amigos, y así como quien no quiere la cosa surgen imágenes de comidas deliciosas, atardeceres maravillosos, parejas ultrafelices y modelitos de pasarela… y alguna que otra frase motivadora del último autor de moda.

Cierras la tapa del portátil y miras a tu alrededor. En tu sala de estar no hay glamour, tu pijama viejo dista mucho de ser un “outfit” digno de instagram, y tus planes a corto plazo tienen más que ver con pasar la aspiradora que con hacer fotografías a bonitos atardeceres en lugares de ensueño. Acto seguido te dejas caer en un círculo vicioso de autocompasión y pena en el que eres la persona más infeliz del mundo, sin viajes, ni fiestas, ni comidas deliciosas, ni frases profundas que subir a las redes sociales … todos los que te rodean tienen vidas maravillosas y tú … tú tienes una cita con la escoba. ¿Puede ser peor?

Más de uno seguro que se siente identificado con esta situación y cada vez es más habitual. Parece que tenemos la necesidad de dar a conocer al mundo el feliz que es nuestra vida, y que de no hacerlo, nos volvemos infelices.
Pero somos de verdad tan felices como mostramos en nuestras redes sociales? No siempre. La mayoría de nosotros hacemos fotos cuando vamos a comer a algún restaurante, pero no subimos fotos de las lentejas que calentamos en el micro. En las redes mostramos la mejor versión de nosotros mismos. Debido a esto, al echar un ojo a los muros de nuestros amigos tendemos a pensar, erróneamente que son mucho más felices que nosotros. Olvidamos que nuestros amigos también muestran la mejor versión de sí mismos. Esta costumbre de sobreestimar la felicidad ajena no es algo nueva, Montesquieu señalaba “sí sólo quisiéramos ser felices sería fácil, pero lo que queremos es ser más felices que los demás, lo que es generalmente difícil, pues pensamos que ellos son más felices de lo que en realidad son”. La clave está en valorar el que tenemos y tener en cuenta que hay tantas maneras de ser feliz como personas en el mundo y sobre todo, que hay vida más allá de las redes sociales. A todos nos gusta compartir las cosas buenas que nos pasan, pero también debemos aprender a disfrutarlas aunque no nos quede batería en el móvil y no podamos hacer partícipes a nuestros amigos en ese preciso momento.