Felicidad y Redes Sociales

Domingo por la tarde, con la televisión de fondo coges el portátil y echas un ojo a las redes sociales. Con suerte ya estarán colgadas las fotos de la fiesta de ayer. Sí, ahí están. Entre la multitud de instantáneas sólo te encuentras en tres o cuatro, y eso que hay fotos absolutamente del todo, de tus colegas sonriendo como se estuvieran en un anuncio de pasta de dientes, de los cócteles que se preparaban, de la estilosa decoración, y como no, autofotos o selfies como ahora se llaman… viendo las fotos parece que fue un fiestón y que la cosa se animó cuando decidiste irte para la casa.

Sigues echando un ojo a los muros de tus amigos, y así como quien no quiere la cosa surgen imágenes de comidas deliciosas, atardeceres maravillosos, parejas ultrafelices y modelitos de pasarela… y alguna que otra frase motivadora del último autor de moda.

Cierras la tapa del portátil y miras a tu alrededor. En tu sala de estar no hay glamour, tu pijama viejo dista mucho de ser un “outfit” digno de instagram, y tus planes a corto plazo tienen más que ver con pasar la aspiradora que con hacer fotografías a bonitos atardeceres en lugares de ensueño. Acto seguido te dejas caer en un círculo vicioso de autocompasión y pena en el que eres la persona más infeliz del mundo, sin viajes, ni fiestas, ni comidas deliciosas, ni frases profundas que subir a las redes sociales … todos los que te rodean tienen vidas maravillosas y tú … tú tienes una cita con la escoba. ¿Puede ser peor?

Más de uno seguro que se siente identificado con esta situación y cada vez es más habitual. Parece que tenemos la necesidad de dar a conocer al mundo el feliz que es nuestra vida, y que de no hacerlo, nos volvemos infelices.
Pero somos de verdad tan felices como mostramos en nuestras redes sociales? No siempre. La mayoría de nosotros hacemos fotos cuando vamos a comer a algún restaurante, pero no subimos fotos de las lentejas que calentamos en el micro. En las redes mostramos la mejor versión de nosotros mismos. Debido a esto, al echar un ojo a los muros de nuestros amigos tendemos a pensar, erróneamente que son mucho más felices que nosotros. Olvidamos que nuestros amigos también muestran la mejor versión de sí mismos. Esta costumbre de sobreestimar la felicidad ajena no es algo nueva, Montesquieu señalaba “sí sólo quisiéramos ser felices sería fácil, pero lo que queremos es ser más felices que los demás, lo que es generalmente difícil, pues pensamos que ellos son más felices de lo que en realidad son”. La clave está en valorar el que tenemos y tener en cuenta que hay tantas maneras de ser feliz como personas en el mundo y sobre todo, que hay vida más allá de las redes sociales. A todos nos gusta compartir las cosas buenas que nos pasan, pero también debemos aprender a disfrutarlas aunque no nos quede batería en el móvil y no podamos hacer partícipes a nuestros amigos en ese preciso momento.

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Cumplir años

De un tiempo a esta parte me gustan los cumpleaños. Y no me refiero solo al mío, también disfruto con los de la gente que aprecio. Me parecen días especiales que deberían celebrarse a la manera a la que cada cual le parezca mejor, que quieres fiesta, fiesta; que no la quieres, pues tampoco pasa nada.

Reconozco que por diversos motivos no siempre lo viví así, pero este año sí, me hacía ilusión cumplir 35. Es un número bonito, redondito, y sí, lo de acabar en cinco se presta a muchos chistes, pero que le vamos a hacer. Mi cumpleaños fue el cuatro de abril. Es fácil de recordar y me viene muy bien porque mi nombre y mis apellidos tienen cuatro letras. Estoy rodeada de cuatros. Tenía que decirlo y no he encontrado mejor ocasión que esta.

Lo que más me gusta de mi cumpleaños es que la gente se acuerde de mí. Ahora con miles de aplicaciones que te avisan cuando se acercan las fechas que se suponen importantes, esto tiene menos mérito, pero que hoy en día alguien dedique un ratito de su tiempo a hacer una llamada o escribir un mensaje me hace feliz.

No voy a mentir, también me gustan los regalos, pero una llamadita o un abrazo de esos que salen de dentro me hacen sentir realmente bien. Y sobre todo me gusta cuando algún amigo me recuerda algún momento concreto de nuestra amistad o sacan una foto del baúl de los recuerdos, de esas que te hacen pensar vaya pinta “¿yo no tenía espejos en casa?” “¿era ciega y lo he olvidado?”. Son esas cosas las que me hacen sonreír, y eso es lo importante, aunque te salgan arrugas de expresión de esas que parece que tenemos que evitar sea como sea.

En mi defensa diré que casi nadie me echa los años que tengo. Cuando tenía 16 me parecía un horror, y de hecho me enfadaba, pero ahora me hace ilusión. Que cosas, ¿verdad? En realidad no me importa cumplir años. Ya no me engaño diciéndome a mí misma que los treinta son los nuevos veinte. Yo no tengo interés ninguno en volver a los 15 ni a los 25.

Existe la tendencia a pensar que a determinadas edades deberíamos tener conseguidos unos logros concretos. De esta idea vienen las crisis de edad. La crisis de los 30, de los 40, de los 50… Así se supone que a los 30, 40, 50 (póngase la cifra que corresponda) deberíamos de ser y de tener todo lo que siempre quisimos: pareja, trabajo, hijos… o por lo menos tenerlo medio encaminado, y a veces, cuando estamos a punto de soplar las velas de nuestra tarta, porque un cumpleaños sin tarta, sólo es medio cumpleaños; nos invade el miedo por no haber conseguido lo que se supone que teníamos que conseguir; y la nostalgia de pensar que nuestros mejores años son los que ya han pasado. Olvidamos lo bueno de cumplir años. El primero es que siempre es mejor cumplirlos que no cumplirlos, ya lo decía mía madre. Y el segundo es la experiencia, la posibilidad que dan los años de conocer personas y de vivir momentos.

Y aquí estoy con mis 35, no he plantado un árbol pero tengo un cáctus que me regalaron el año pasado y que aún me dura. No he escrito un libro, pero escribo artículos mensuales para el periódico local y tengo el propósito de ponerme en serio con el blog. No tengo hijos pero comparto sofá con las dos perras más maravillosas del mundo mundial. En el fondo siempre me ha costado seguir las normas, con 20, con 30 y espero que con 40.