Los niños son niños.

A veces me da la sensación de que hay padres y madres que quieren que sus hijos pequeños se comporten como niños mayores. De vez en cuando me sorprendo a mi misma respondiendo a estas quejas (se mueve mucho, no come, no me escucha) con un lacónico “es normal, son niños”. Los niños sanos y normales se mueven, cambian de actividad con frecuencia, no les importa mancharse, ni andar por el suelo y además no necesitan tener un fondo de armario de esos de revista.

El otro día mientras miraba el facebook me sorprendí con la noticia de que Kim Kardashian (no sé si está bien escrito) le ha puesto a su niña de 2 años un entrenador personal, ¿estamos locos? ¿necesita esta pequeña un entrenador personal o un asesor de moda para ir siempre conjuntada con su estupenda mamá? Pero no es la única que intenta que su pequeña se haga adulta rápido. Aunque un poco más alejadas en el tiempo tengo en mis retinas grabadas las fotos de Suri Cruise con 3 años subida a unos tacones. Y ojo, que yo creo que casi todas hemos probado a ponernos unos tacones que encontráramos por casa y maquillarnos, con resultados muy parecidos a los que obtendríamos con la escopeta de maquillaje de Homer Simpson, pero Suri lleva unos tacones de su talla (y no, no es carnaval). Lo que me parece más grave son esos padres y madres que además de querer que sus hijos o hijas crezcan más deprisa de lo que marca la naturaleza, se lucran con ello, y para muestra, el artículo de Iker Morán.

La exposición de niños/as en redes sociales es un tema que genera controversia desde hace tiempo ¿qué hacen con nuestras fotos? ¿que asumimos cuando aceptamos (muchas veces sin ni siquiera leer) las condiciones de privacidad? Bien, supongo que cada cual tiene su opinión al respecto, habrá padres que no querrán fotos de sus pequeños por temor a que puedan escaparse de su control y habrá otros que teniendo unas precauciones mínimas no les importará compartir determinados momentos de su prole con sus amigos o familiares, para gustos colores, ahí no me meto, pero por favor, dejemos que los niños sean niños, ya habrá tiempo para maquillajes, poses adultas y demás historias.

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Felicidad y Redes Sociales

Domingo por la tarde, con la televisión de fondo coges el portátil y echas un ojo a las redes sociales. Con suerte ya estarán colgadas las fotos de la fiesta de ayer. Sí, ahí están. Entre la multitud de instantáneas sólo te encuentras en tres o cuatro, y eso que hay fotos absolutamente del todo, de tus colegas sonriendo como se estuvieran en un anuncio de pasta de dientes, de los cócteles que se preparaban, de la estilosa decoración, y como no, autofotos o selfies como ahora se llaman… viendo las fotos parece que fue un fiestón y que la cosa se animó cuando decidiste irte para la casa.

Sigues echando un ojo a los muros de tus amigos, y así como quien no quiere la cosa surgen imágenes de comidas deliciosas, atardeceres maravillosos, parejas ultrafelices y modelitos de pasarela… y alguna que otra frase motivadora del último autor de moda.

Cierras la tapa del portátil y miras a tu alrededor. En tu sala de estar no hay glamour, tu pijama viejo dista mucho de ser un “outfit” digno de instagram, y tus planes a corto plazo tienen más que ver con pasar la aspiradora que con hacer fotografías a bonitos atardeceres en lugares de ensueño. Acto seguido te dejas caer en un círculo vicioso de autocompasión y pena en el que eres la persona más infeliz del mundo, sin viajes, ni fiestas, ni comidas deliciosas, ni frases profundas que subir a las redes sociales … todos los que te rodean tienen vidas maravillosas y tú … tú tienes una cita con la escoba. ¿Puede ser peor?

Más de uno seguro que se siente identificado con esta situación y cada vez es más habitual. Parece que tenemos la necesidad de dar a conocer al mundo el feliz que es nuestra vida, y que de no hacerlo, nos volvemos infelices.
Pero somos de verdad tan felices como mostramos en nuestras redes sociales? No siempre. La mayoría de nosotros hacemos fotos cuando vamos a comer a algún restaurante, pero no subimos fotos de las lentejas que calentamos en el micro. En las redes mostramos la mejor versión de nosotros mismos. Debido a esto, al echar un ojo a los muros de nuestros amigos tendemos a pensar, erróneamente que son mucho más felices que nosotros. Olvidamos que nuestros amigos también muestran la mejor versión de sí mismos. Esta costumbre de sobreestimar la felicidad ajena no es algo nueva, Montesquieu señalaba “sí sólo quisiéramos ser felices sería fácil, pero lo que queremos es ser más felices que los demás, lo que es generalmente difícil, pues pensamos que ellos son más felices de lo que en realidad son”. La clave está en valorar el que tenemos y tener en cuenta que hay tantas maneras de ser feliz como personas en el mundo y sobre todo, que hay vida más allá de las redes sociales. A todos nos gusta compartir las cosas buenas que nos pasan, pero también debemos aprender a disfrutarlas aunque no nos quede batería en el móvil y no podamos hacer partícipes a nuestros amigos en ese preciso momento.